Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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D'Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo
del príncipe.

LAS PROMESAS

Apenas D'Artagnan entró en su aposento con sus amigos, vino un soldado del fuerte para avisarle que el
gobernador deseaba hablar con él.
Una barca había llegado a Santa Margarita con una orden importante para el capitán de mosqueteros,
que, al abrir el pliego, conoció la letra del rey.
“Como supongo que habéis dado ya el debido cumplimiento a mis órdenes, --decía Luis XIV, --al lle-
gar este pliego a vuestras manos volved inmediatamente a París, donde os espero en el Louvre”. --¡Loado sea Dios! se acabó mi destierro, --exclamó con alegría D'Artagnan y mostrando el pliego a
Athos. --¡Ceso de ser carcelero!
--¿Luego nos dejáis? --repuso el conde de La Fere con tristeza.
--Para volvernos a ver, amigo mío, --replicó el mosquetero, -- pues Raúl ya está bastante crecido para
marcharse solo con el señor de Beaufort, y preferirá dejar que su padre se vuelva en compañía de D'Artag-
nan a no obligarle a que haga solo las doscientas leguas que lo separan de La Fere. ¿No es verdad, Raúl?
--Sí, --respondió el vizconde con triste acento.
--No, amigo mío, --interrumpió Athos, --no me separaré de Raúl hasta el día en que su nave haya des-
aparecido en el horizonte. Mientras esté en Francia, no se separará de mí.
--Como queráis; pero a lo menos saldremos juntos de Santa Margarita. Aprovechaos de la barca que va a
conducirme a Antibes.
--Eso sí, nunca nos alejaremos con bastante prisa de este fuerte y del espectáculo que ha poco nos ha en-
tristecido.
Los tres amigos se despidieron del gobernador, y a la luz de los postreros relámpagos de la tormenta que
se alejaba, vieron blanquear por última vez las murallas de la fortaleza.
D'Artagnan se separó de sus amigos aquella noche misma...
--Amigos míos, --dijo D'Artagnan antes de montar a caballo y abrazando a Athos, --me hacéis el efecto
de los soldados que abandonan su puesto. El corazón me dice que Raúl necesitaría que vos lo mantuvierais
en su rango. ¿Queréis que solicite pasar al Africa con cien buenos mosqueteros? El rey no me dirá que no,
y vos os vendréis conmigo.
--Señor de D'Artagnan, --repuso el vizconde estrechándole cariñosamente la mano, --gracias por el
ofrecimiento, superior a cuanto deseamos el señor conde y yo. Soy joven, y necesito penas para el alma y
fatiga para el cuerpo; el señor conde necesita de más profundo reposo, y os le recomiendo a vos que sois su
mejor amigo, en la seguridad de que al velar por él tendréis en vuestras manos su alma y la mía.
--Fuerza es que parta, mi caballo se impacienta, --dijo D'Artagnan, en quien la señal más manifiesta de
viva emoción era el cambiar de conversación. --Hasta la vista pues, mi querido Athos; cuanto más apresu-
réis vuestro regreso, más pronto volveré a abrazaros.
Esta escena tuvo lugar ante la casa elegida por Athos a las puertas de Antibes, y adonde D'Artagnan des-
pués de cenar había ordenado que le trajesen sus caballos. Allí empezaba el camino real, que se extendía
blanco y onduloso en medio duelos vapores de la noche.
El caballo aspiraba con fuerza las emanaciones salinas de los pantanos, yendo al trote.
Athos y Raúl volvían con tristeza hacia la casa, cuando de pronto oyeron aproximarse el ruido de los pa-
sos de un caballo, ruido que al principio tomaron por una de esas extrañas repercusiones que engañan el
oído al cada revuelta del camino. Pero era D'Artagnan que volvía al galope al encuentro de sus amigos, que
lanzaron una exclamación de alegre sorpresa.
El capitán se apeó con ligereza y uniendo en un abrazo las cabezas de Athos y de Raúl, las mantuvo así
largo tiempo ahogando un suspiro que le quebrantaba el pecho. Luego, con la rapidez que llegó, emprendió
de nuevo la marcha, clavando sus espuelas en los ijares de su enfurecido caballo.
--¡Ay! --suspiró Athos imperceptiblemente mientras D'Artagnan, recuperando el tiempo perdido decía
entre sí:
--¡Mal presagio!
Las órdenes de Beaufort se llevaban a feliz término. Gracias a la diligencia de Raúl, había llevado para
tolón la escuadrilla, a la que formaron convoy innumerables embarcacioncitas tripuladas por las mujeres y
los amigos de los pescadores y los contrabandistas reclutados para el servicio de la escuadra.
El poco tiempo que de vivir juntos les quedaba al padre y al hijo, parecía que pasaba con doble rapidez,
como aumenta la suya todo cuanto está para caer en el abismo de la eternidad.
Athos y Raúl regresaron a Tolón, donde hacían gran ruido carros y armas, relinchadores caballos, trom-
petas y tambores, y los soldados, criados y mercaderes que llenaban sus calles.


 

 
 

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